“¿DEBO CAMBIAR? ”
¿Cuándo fue la última vez que te sentaste seriamente a analizar el rumbo que estaba tomando tu vida?
Es cierto que la reflexión personal no es algo que todo el mundo hace a menudo, pero constituye el paso inicial y decisivo si vas a cambiar aspectos de tu vida que puedan conducirte a tu bienestar y felicidad personal. Hay que hacer un alto en el camino y considerar todas las posibilidades que se abren ante ti a fin de hacer los cambios necesarios.
¿Eres flexible para cambiar de dirección en la vida, o las viejas emociones te mantienen atascado en un mismo punto? Más aún, pregúntate si estás marchando en la dirección a la que quieres ir. Si la respuesta es negativa, entonces cabe preguntar ¿qué estás haciendo para alcanzar tu objetivo y ser feliz o, aún más feliz? ¿Crees que las personas que te rodean no te proporcionan felicidad o contentamiento personal? ¿Tu profesión, empleo, o actividades en las que estás involucrado, tampoco te llenan?
Con esto en mente, vale hacer una importante salvedad: Para ser feliz, erróneamente no creas ni esperes, como algunos, que el mundo cambie; en todo caso, eres tú quien debe cambiar. ¿No lo crees tú también así?
Aunque es cierto que todos tenemos nuestra particular forma de ser y obrar, única y exclusiva como cualquier otro humano, eso en ningún momento nos da derecho a imponérsela a otros y menos a todo el mundo como a lo largo de la historia lo han pretendido ilusamente y sin éxito ciertos políticos, religiosos, pensadores y neuróticos que se consideraban “grandes” ante sus propios ojos!
Popularmente se dice que “es de sabios rectificar” o, en este caso, cambiar. Nadie es perfecto o completo en todo. De hecho, ningún humano de forma legítima puede reclamar este título. Todos en mayor o menor grado tenemos áreas de nuestro ser que ameritan cambio, modificación o reajuste, a fin de mejorar la calidad de nuestras vidas. Algunos de nosotros somos conscientes de esto, de que quisiéramos ser lo que todavía no somos.
A menudo descubrimos con frustración que no hacemos lo que nos proponemos, o cómo quisiéramos ser; es decir, no llevamos a cabo nuestras buenas intenciones por ser más óptimos con nosotros mismos (o lo que es lo mismo, mejorar la calidad de nuestra personalidad), así como nuestro trato con los demás, como ya puede preverse, el resultado inevitable de todo será: infelicidad.
Así mismo, lo reconoce el Dr. León J. Saul, profesor de psiquiatría en la escuela de medicina de la Universidad de Pennsylvania; lo que él dice, seguramente como es de imaginar, no resultará para muchos música melodiosa a sus oídos: “Nadie es completamente maduro emocionalmente, ni está en completa armonía con sus deseos, su conciencia, y el mundo que le rodea. Esta discrepancia entre el deseo y el cumplimiento se manifiesta en el grado de infelicidad, tensión emocional, y neurosis que sostiene a todo el mundo.”
El cambio quizás no sea fácil, pero tampoco imposible. La idea que se persigue bajo este apartado es concientizarnos de que podemos cambiar y ser mejores. Te preguntas, ¿mejores en qué aspecto? Pues como esposos, padres, hijos, vecinos, ciudadanos y un largo etcétera. En resumen: mejores personas. Esta condición deseable sólo la lograremos si realmente en verdad la queremos por medio de apartar suficiente tiempo, y dedicar esfuerzo constante a nuestro mejoramiento personal, sea esto a través del estudio, observación y trato constructivo con los demás. A la vez, deberemos reconocer que podemos seguir “creciendo” como personas, pues no somos autosuficientes; lo que se traducirá razonablemente en dividendos positivos o, hablando en sentido figurado, en más ladrillos para la construcción de nuestro bienestar, autoestima y felicidad.
No obstante, ¿te has dado cuenta que muchas veces, los cambios que quisiéramos hacer en nuestra conducta nos infunden miedo, porque todo cambio implica una medida de riesgo, y le tememos a las consecuencias? Es cierto. Pero acepta esta verdad fundamental:
Tú ni nadie puede vivir una vida feliz y pacífica sin riesgos.
Toma en cuenta lo siguiente:
· Para ganar un amigo tienes que correr el riesgo del rechazo.
· Para salir con personas del sexo opuesto, tienes que correr el
riesgo de ser rechazado o de que no caigas bien.
· Para hablar y ser escuchado por otros tienes que correr el
riesgo del desaire, la corrección o la censura.
· Para ser tenido en cuenta, tienes que correr el riesgo de ser ignorado.
· Para obtener un trabajo tienes que correr el riesgo de recibir críticas y oposición.
· Para ser un líder corres el riesgo de recibir críticas y oposición.
· Para obtener un ascenso en el trabajo, tienes que correr el riesgo de que otro lo obtenga.
· Para ganar, tienes que correr el riesgo de perder.
Estos riesgos no son malos.
La creencia errónea de que es estúpido tomar decisiones que pueden salir mal, es infundada. La sabiduría práctica no implica actuar con temor o cobardía. La persona objetiva, inteligente y feliz, no está esclavizada por el temor de los resultados negativos. Más bien, tiene presente el refrán: “El que no se aventura, no cruza el mar”.
● El cambio es constante, inevitable
Por lo tanto, debemos cambiar, nos guste o no. Recuerda que el hombre en este mundo se halla en una constante transición. ¿Qué quiere decir esto? Que la persona nunca llega a ser "completa", nunca se realiza de "un todo" a lo largo de toda su vida, pues se halla siempre dentro del constante proceso de formación como persona. Con cada día que pasa, seguirá madurando o "creciendo", y ampliando sus conocimientos y experiencias; probablemente también modificando sus perspectivas de las cosas, sus puntos de vista y actitudes, sentimientos y necesidades personales. Como ahora siente y piensa la persona, seguramente no es exactamente igual a como antes pensaba y sentía. La gente cambia, evoluciona. Y a cada uno de nosotros nos consta que esto es así.
Para todos es un hecho indiscutible que el desarrollo del individuo atraviesa por diferentes etapas hasta su misma muerte. Cada una de estas etapas o períodos le puede hacer sentir de una manera particular, nueva y distinta hasta las ahora vividas. Con cada una de ellas puede experimentar nuevas sensaciones o necesidades físicas y emocionales, a nivel individual, en su relación como pareja, o en su trato familiar y social. Es importante estar conscientes de este hecho real en nosotros los humanos a fin de que no nos tomen tales cambios por sorpresa.
Definitivamente, y tenlo por seguro, la gente sí "cambia" a lo largo de su vida. Y esos cambios a veces pueden sorprendernos.
Créelo, el desarrollo de la personalidad es un proceso de toda la vida.
Recuerda, cada una de estas etapas se relaciona con una serie de vivencias buenas o malas que hemos experimentado, sean alegrías o crisis (ansiedades), que le han estado dando forma particular a nuestro "crecimiento personal" como humanos que nos hacen únicos y diferentes a los demás.
El cambio es la ley natural de la vida. Pero el cambio no es un proceso rápido. Gradual y progresivamente —con el pasar del tiempo—, todos sin excepción experimentamos cambios internos y externos, tanto a nivel físico como mental o emocional. Es un hecho que modificamos nuestro cuerpo y personalidad. Hasta las relaciones cambian con el tiempo. El universo no se queda atrás. La naturaleza a nuestro alrededor tampoco permanece estática o inmóvil, sus partículas a nivel atómico y subatómico están en constante movimiento, vibrando y transformándose, tanto a nivel imperceptible por el ojo humano como lo es el complejo microcosmos (microorganismos de gran actividad, como lo son los virus, bacterias, células), al igual que el macrocosmos en el universo espacial (explosiones estelares, nacimiento de nuevas estrellas). Siendo pues que a diario toda la materia orgánica e inorgánica evoluciona o transforma, cabe a la razón esperar que esta ley natural se aplique también a la personalidad y conducta humana en general.
De lo anterior aprendemos algo importante: La necesidad de no sólo estar preparados para los cambios que nosotros mismos podamos hacer, sean estos positivos o negativos, sino también, los cambios que puedan tener las demás personas que nos y a quienes amamos. Y cuando los cambios que hagan otros no nos agraden, la lección es clara: No resignación, sino aceptación; y menos sorprendernos o hasta asustarnos por tales cambios.
Recuerda, cada uno tarde o temprano tiene que revelar lo que está en su corazón, o quién realmente es, sea bajo cualquier determinada circunstancia la persona revelará tarde o temprano como quien dice su esencia. “Revelar lo que está en el corazón” (como algunos lo llaman de manera romántica o figurada), significa el cómo reacciona la parte “oculta” de la personalidad del individuo, sea tuya o de cualquier otro; una que no es visible o pública y que puede llegar hasta a sorprender y provocar exclamaciones tales como: “¿Quién lo iba a decir?”, “¡No parecía que fuera así!”, “¡Qué desengaño!”, “Lo veo y no lo conozco”. Este “destape” como hecho universal que nos afecta a todos por igual en algún determinado momento de la vida y, como ya es de suponer, nos permitirá adquirir un cuadro más completo no sólo de nosotros mismos, sino también, de todos aquellos que nos rodean.
La verdad es que la mayoría de las personas no pueden permanecer siendo las mismas todo el tiempo. Los motivos internos, junto a sus necesidades, tampoco serán las mismas toda la vida. Entiendo que así como yo debo permitirme cambiar, también debo permitir a los demás vivir sus propios cambios. A medida que los años me pasan, y observo cada vez con más interés la conducta humana, me siento más convencido de que la personalidad nunca está "completamente hecha" como generalmente se cree. Pues es innegable que las personas en su adolescencia o aún hasta en su madurez experimentan transformaciones que les dan vuelta a cómo son, y cambian su forma de ser (pensar, sentir y obrar). Es un hecho que el proceso de formación como persona continúa a lo largo de toda la vida.
En vista de todo lo expuesto, consoladoramente podemos aceptar que siempre hay un momento para cambiar nuestra situación de infelicidad y no mantenerla así. No obstante, y quizás con demasiada frecuencia, los cambios no se realizan a tiempo, y por eso se alarga o perpetúa el sufrimiento. Una vez más recuerda que sólo tú, si realmente te lo propones, eres el único que puedes hacer los cambios. Esperar que la situación cambie, no es la respuesta.
Y si estás aún convencido de que es “demasiado tarde”, de que ya estás “demasiado avanzado en edad para cambiar”, de que tu situación en la vida es “demasiado grande para vencerla”, simplemente lee las siguientes líneas reflexivas de Longfellow:
“¡Es demasiado tarde!” ¡Ah! Nunca es demasiado tarde. Catón aprendió griego a los 80; Sófocles escribió su gran “Edipo”, y Simónides arrebató el primer premio de poesía a sus compañeros, cuando cada uno de ellos tenía más de 80 años; y Teofrasto, a los 90, había comenzado su obra “Caracteres de los hombres.”
Chaucer, en Woodstock, con sus ruiseñores, a los 60, escribió sus “Cuentos de Canterbury”.
Goethe en Weimar, trabajando hasta el fin completó el “Fausto” cuando ya tenía 80 años.
¿Entonces, qué? ¿Nos sentaremos ociosos y diremos: “La noche ha llegado; ya no hay más día”?
Pues la edad es una oportunidad no menor que la misma juventud,
aunque con otra vestidura;
y cuando se desvanece el crepúsculo de la tarde,
el cielo está lleno de estrellas, invisibles de día.
Nunca es demasiado tarde para comenzar a hacer lo bueno.
¡Nunca!”

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