ACCIÓN Y SENTIDO COMÚN

 


A menudo resulta fácil sentirse tentado en pensar que se es víctima de las circunstancias, y que es mucho más cómodo culpar a alguien cuando algo no nos sale bien o nos sentimos infelices. En ningún momento razonar así es prudente ni beneficioso. 

El Dr. William Backus, haciendo buen uso del sentido común, razona este asunto de la siguiente manera: 

"Mira alrededor por un momento. ¿Cuántas veces al día o a la semana pones la responsabilidad de tus sentimientos o tus acciones sobre algo o alguien que está fuera de tu control? 

¿Alguna vez has tropezado con tu propio pie y luego has comenzado a mirar alrededor como si hubiera una madera floja en el piso o una grieta en el suelo a la cual echar la culpa? 

¿De quién es la culpa cuando te quemas la boca con alguna bebida demasiado caliente? ¿Por qué miras a la taza? 

¿Cuántas veces has acusado a algún otro de hacerte perder los estribos, o de hacerte sentir frustrado, o de hacerte infeliz? 

Ningún otro te provoca esas actitudes. Tú mismo lo haces. Nadie te obliga a sentir, pensar y comportarte como lo haces. Deja de culpar a los demás por tus problemas y tus pecados. Nadie te hace hacer nada. Nadie te hace pecar. Tú mismo lo haces". 

Lo que estas declaraciones quieren demostrarnos es que decides cómo responderás a los hechos y circunstancias de tu vida de acuerdo a tus creencias personales o lo que te dices a tí mismo. Entiende que no es la gente la que te pone irritado, triste o enfermo. La realidad es que tú te permites irritarte, ponerte triste, enfermarte o cualquier otro sentimiento negativo que estés experimentando. Todos somos responsables en un alto porcentaje de todas nuestras experiencias.

Con relación a no culpar a nadie, o señalar directamente a alguien como responsable de nuestros infortunios, es oportuna y locuaz la observación que al respecto hace el psicólogo George Porta, quien nos dice: “Deja de culpar, que es solamente resultado de juzgar a los demás desde tu grandiosidad y tu idealización de tí mismo vicariamente al idealizar a los demás, culpándoles por tus problemas, precisamente por miedo a asumir la responsabilidad de tu conducta, tus motivaciones, tus miedos, tus limitaciones y, al mismo tiempo, no te juzgues ni a los demás ni a ti mismo. No eres tan importante como para merecer ningún juicio extremo de excelencia ni en lo bueno ni en lo malo. 

No deberías sorprenderte de tus deficiencias. Al fin y al cabo, en tus carencias, limitaciones y defectos, tiene su vocación la caridad de tus hermanos. Tus disminuciones de la gracia son precisamente ocasión del amor fraterno, vocación al servicio, que los demás han de responder y agradecerte, si con sencillez y humildad aceptas este rol. No temas tus limitaciones, errores, carencias. Ser limitado no es noticia para nadie ni para nadie.”

Si bien reconozco que es relativamente sencillo mencionar en esta nota los pasos por los cuales uno puede lograr un mayor grado de felicidad y bienestar interior, también a la vez comprendemos que, en cierta forma, es más difícil para algunos aplicar estos principios en sus vidas. Sin lugar a dudas, leer la fórmula o la receta de la felicidad a lo largo de mis diferentes notas, no será suficiente. Se debe trabajar en ella con diligencia y sentido común. Recuerda que todo en esta vida tiene su justo precio, y la felicidad no es la excepción. Hay que ganársela. Algo que contribuirá enormemente a su adquisición es el hecho de que seamos personas adecuadamente razonables, no obstinadas o tercas, y siempre dispuestas a escuchar con humildad el consejo y sugerencias sanas, constructivas, procedentes de personas maduras, con experiencia y deseos sinceros de ver nuestro bienestar general. No obstante, y con pesar, a menudo contemplamos a nuestro alrededor todo lo contrario. Personas independientes que se resisten a la orientación eficaz por manifestar una actitud terca, obstinada y de estrechez mental; o sea, que a fin de cuentas no ven más allá de lo que no quieren ver. Lamentablemente, al igual que en épocas pasadas, una actitud tonta e irrazonable como ésta no es solo propiedad de algunos jóvenes inadaptados o rebeldes del sistema de vida actual, sino también de un buen número de adultos que al parecer no están dispuestos a usar el “sentido común”, al actuar o tomar decisiones, sino que hacen más bien uso de su “propio sentido”, cómodo y conveniente, al esperar resignados que la felicidad les llegue sin costo alguno o acción de su parte.

Para enfatizar lo que queremos comunicar, prestemos ahora cuidadosa atención al siguiente relato que, como cualquier otro cuento infantil, encierra una lección práctica que sirve de moraleja para la mente adulta. Dice así:

“Un monarca antiguo reunió a los sabios y filósofos de su reino y les dió instrucciones de que compilaran toda la sabiduría humana adquirida hasta este momento de la historia. 

Estos hombres trabajaron por espacio de veinte años en tan prodigiosa tarea. Al fin comparecieron ante el rey, trayéndole cuarenta enormes volúmenes empastados en piel. El rey los examinó.

“Condensen esto”, les dijo. “Es demasiado extenso”.

 Los eruditos trabajaron por dos años más y regresaron con un volumen enorme.

“Este es un libro demasiado extenso y complejo”, les dijo el rey. “Condénsenlo”. 

Los desanimados eruditos regresaron a sus bibliotecas, trabajaron por tres meses y regresaron a palacio con una pequeña tira de papel que contenía una sola frase.

“Esta es la sabiduría condensada de las edades”, dijo el vocero de los sabios.

El rey la leyó y su rostro se iluminó.

“¡Maravilloso!”, exclamó. “Lo han logrado”.

En aquel papel sólo se leía: “No hay almuerzos gratuitos”.

Aunque el relato a primera vista quizás te parezca pueril, tiene profundidad en su mensaje, pues éste se basa en la implicación de que nada en esta vida se obtiene en forma gratuita; de que no existe la magia y de que existen muy pocas soluciones que sean sencillas. Todo tiene su precio en términos de esfuerzos, disciplina, dinero o tiempo. Por lo tanto, el ‘vivir bien’, en cualquier sentido, tiene su costo. No olvides que cualquier esfuerzo que hagas con ese fin, por arduo que sea, se verá ampliamente recompensado por los resultados que lograrás, no sólo en la ganancia de felicidad, sino, también, en seguridad, bienestar y autoestima. Finalmente, con toda convicción podemos asegurar que el llegar a ser feliz es algo que bien vale la pena pagar su correspondiente precio, porque en verdad, el querer ser feliz, no es de parte nuestra una cuestión de capricho, sino de necesidad, acción, y sentido común.


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