ESPIRITUALIDAD O RELIGIOSIDAD... ¿CUÁL?


En la terminología religiosa, la persona que es espiritual o manifiesta espiritualidad se suele definir como: “La que tiene inclinación o tendencia hacia las cosas espirituales, la que tiene a Dios como su centro de atención; el individuo que se inquieta por conocer y entender con temor reverente las cosas relacionadas con la persona de Dios y Su voluntad, a fin de ejecutarla”. 

Mientras que, por otro lado, la religiosidad en el hombre se define como: “Individuo que, en su adoración, da mayor prioridad en cumplir con las obligaciones de una religión organizada antes que las de Dios. Consciente o no de ello, le da primero, o mayor importancia, a ser leal a una religión o secta institucionalizada, antes que fidelidad a Dios”. 

En otras palabras, a este último le importa mucho más la opinión y trato que reciba de sus compañeros de creencia y de sus “superiores”, que del mismo Dios a quien dice adorar y servir. La cuestión principal para ellos es: no necesariamente lealtad a Dios y su Palabra, sino lealtad a la Organización que pertenecen y a sus enseñanzas.

Para identificarlas mejor, básicamente, esta clase de personas se destacan por tres características: 

(1) Están —más que cualquier otra cosa—, movidas a formar parte de un “grupo” religioso organizado, para no convertirse así en huérfanos de religión, y estar, como quien dice, en un “limbo” espiritual; o sea, sin religión o denominación alguna. Prescindiendo de su buena fe, en el fondo, la mayoría se integra a un grupo religioso por varios móviles, estos pueden ser: desde buscar aceptación, por tradición, compromiso familiar o social, o sólo para satisfacer a medias sus necesidades emocionales; 

(2) Se preocupan más por tener la aprobación de los miembros que componen su religión, que la de Dios mismo (pues temen más la “opinión” o crítica adversa de sus compañeros de creencia, que la de Dios, quien es el verdadero y legítimo Juez). 

(3) Otro problema en esta área del comportamiento religioso es la sustitución de Dios por los superiores o por otros miembros que así serían endiosados, aun a veces en contra de su propia voluntad. Este fenómeno ocurre en el pensamiento y la conducta de alguien que no se mira a sí mismo con humildad y por tanto idealiza a los demás en el camino de llegar a idealizarse a sí mismo. (Queremos aquí aclarar que quien aprende a amar sus propias limitaciones, porque las percibe, y ama a la vez aquellas “disminuciones de la gracia” [Teilhard de Chardin] en las que precisamente Dios creador ha invitado al intercambio de dones y al servicio recíproco, el individuo entonces no necesita ni idealizar ni idealizar a nadie. Por tanto este tipo de persona no teme a la opinión ajena ni está a expensas del daño que le puede hacer una opinión o crítica de sí, dada o sentida por sí mismo o por otros. Además tiene la capacidad de practicar la corrección fraterna con la prudencia y la sencillez con las que ha practicado tratarse a sí mismo en la veracidad, la simplicidad y la benignidad de colaborar con Dios quien le esculpe y modela sirviéndose de los acontecimientos y los acompañantes a lo largo de la existencia). 

(4) Finalmente, se ufanan (a veces con arrogancia y obvia presunción) por poseer la “etiqueta” o nombre distintivo de la denominación religiosa que ante sus ojos los acredita como miembros de un grupo exclusivo y distinguido por ser, supuestamente, el único que posee la ‘verdad absoluta’ y demostrable. Un buen número de estas personas estereotipadas, contrario a lo que creen, experimentan una felicidad ficticia, insincera, e irreal. Pues muchos sin saberlo, viven en la ‘otra cara del Paraíso’, es decir, la otra cara de la verdad.

Seguramente, tú igual que otras personas, habrás visto en alguno de estos grupos a familias enteras sonriendo unidas, llenas de aparente felicidad, seguridad, y de dar la impresión de que están por sobre todo a su alrededor. Esta es la imagen bien ornamentada y atrayente que muchos tratan de proyectar. Pero, debajo de esta fachada inmaculada en algunos se oculta lo contrario: graves problemas de pareja o familia, esposas maltratadas o humilladas, hijos rebeldes o desobedientes, inmoralidad agazapada, deshonestidad, tergiversación de las Escrituras que defienden, mano dura por parte de sus dirigentes, y un largo etcétera.  

Ante eso, con legitimidad nos preguntamos, ¿son estos los ‘frutos’ que producen las personas que reclaman tener la “adoración verdadera”? Sin comentarios. Sólo podemos añadir que esta es la ‘otra cara del Paraíso’ que predican. Un falso Paraíso que no nos atrae, y que mucho menos nos gustaría formar parte de él. Con toda franqueza, podemos decir que para amar a Dios y al prójimo, y ser felices, no necesitamos el grueso de una organización grande que nos respalde, ni de su liderazgo, ni su control, ni aguijones o presión para lograr esto. Ten la completa seguridad de que nada de eso es imprescindible ni determinante para ser feliz, tener una buena conciencia, agradar a Dios, y tener su aprobación.

A modo de conclusión, añadiremos que, la persona religiosa que se cree, dice o es espiritual, puede cometer el grave error de engañarse al pensar que siempre, en todo momento u ocasión, debe ser una persona amable, sonriente, que continuamente está por encima de todo, y que está contenta en cualquier situación. Pero la realidad no es así, lo anterior es ficción; por lo tanto, seamos una vez más objetivos y no nos engañemos. ¿No te parece que el pensar y actuar de esta manera, más bien, sería adoptar una posición acartonada, o hasta teatral? Cuando a estas personas algo las hiere y reaccionan con un sincero y justificado enojo, suelen esconderlo (porque equivocadamente suponen que esto es lo que se espera de ellas) y lo cubren con varias capas, como palabras con tinte religioso, sonrisas, ciertos gestos, y silencio. Pero esta conducta en ningún momento es justa ni honesta, ni tampoco realista. Se esconden —a sabiendas o no—, tras una máscara al ocultar su verdadero sentir; y, obviamente, como ya te podrás imaginar tampoco produce felicidad verdadera. 

Definitivamente, la sensación de bienestar espiritual nunca podrá ser el producto de vivir bajo apariencias, o del tener que estar interpretando un papel frente a los demás a fin de que estos tengan una impresión favorable de uno —cosa que en el fondo—, no comulga con la realidad.


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